jueves, 1 de junio de 2017

El viejo Lao




Lao Tsé no fundó ninguna escuela, al contrario de lo que hizo Confucio. No sentía ni el deseo ni la necesidad de hacerlo. Porque no tenía la intención de difundir una doctrina. Vislumbró para sí las grandes conexiones universales, y vertió dificultosamente lo visto en palabras, abandonando a otros espíritus afines de épocas posteriores la tarea de seguir independientemente sus indicaciones, y contemplar por sí mismos el conjunto del mundo, las verdades que había descubierto...
En todos los tiempos han existido pensadores que levantaron la vista por encima de los fenómenos pasajeros de la vida humana, hacia el sentido eterno del proceso cósmico, cuya grandez desafía toda conceptualización; en él encontraron la paz y el alivio que resultan de la capacidad de restarle importancia a la así llamada seriedad de la vida, una seriedad que carece de valor esencial intrínseco. Pero son unas pocas personas aisladas; por su misma naturaleza, esta manera de interpretar la vida no se puede cultivar en masa...
En épocas posteriores hubo incluso varios discípulos fieles de Confucio que, impulsados por los golpes del infortunio, volvieron a reflexionar sobre el sentido de la vida, abandonaron todo el lujo y la pena del mundo, y se retiraron a un tranquilo rincón en la montaña o a orillas del mar, buscando en las líneas del Tao Te King una explicación para sus vivencias.
Cerca de Tsing-Tao se encuentra una montaña llamada Lao Shan que la literatura china elogia como la Isla de los Santos. En ella, románticos barrancos cobijan monasterios recónditos, disimulados entre bosques de bambú y envueltos en una vegetación casi subtropical, desde los cuales la vista abarca la amplitud del mar azul. En aquella soledad montañosa, más de un alto cargo fracasado en las intrigas de la corte imperial encontró la paz interior mediante la contemplación de la naturaleza pura y la interpretación de los aforismos del Tao Te King.

Existe una descripción de los famosos parajes de Lao Shan, difundida únicamente en estos monasterios en forma de copias, de las que me procuré un ejemplar. Data de aquellaos tiempos salvajes en que la decadente dinastía Ming fue suplantada por la casa del soberano actual. Un censor imperial aprovechó el involuntario ocio de su edad avanzada para confeccionar estas descripciones. Casi cada renglón exhala la influencia del "Viejo". Nada más empezar, los propósitos de la introducción reflejan su característico espíritu: "Todo ser recibe su verdadero valor por el hecho de poder brillar con luz propia gracias al contacto con las profundidades del fondo cósmico. Pero: el gran arte no conoce el adorno, la gran VIDA no es aparente, la piedra preciosa tiene una cáscara áspera. ¿Cómo es posible conciliar esto? Comprendiendo que la verdadera luz no precisa ser reconocida por el hombre, sino que más bien se avergüenza de su luminosidad. La importancia de las cosas buenas del Cielo y la Tierra no se basa en su posible utilidad para los fines humanos. Incluso se puede decir que lo que no posee tanta grandeza intrínseca que desde afuera no se le pueda añadir nada, no merece la calificación de grande."...
...El japonés arriba mencionado dice de sí mismo: "Aunque nacido dos mil años más tarde, me esforcé, a lo largo de mi vida, en contribuir a la realización de las enseñanzas de Confucio, las cuales seguía con toda fidelidad. Pero se puede decir que sobreestimé mis fuerzas. Ahora tengo casi setenta años y se aproxima el final de mis días. Mi voluntad sigue firme, pero las fuerzas de mi cuerpo se están debilitando. Aquí me veo, sentado, contemplando la permutabilidad de todas las condiciones y observando cómo todo camina hacia su declive. Y aunque surgiera entre nosotros un sabio, tampoco sería ya capaz de arreglar las cosas. Vivimos la misma coyuntura otoñal de aquel tiempo en que Lao Tan escribió sus cinco mil palabras. En esta fase terminal más vale el "No-hacer" del "Viejo" que el "SENTIDO de los reyes antiguos"


Extracto de la introducción de Richard Wilhelm a su versión del Tao Te King, Editorial Sirio S.A., ISBN 84-7808-057-0



sábado, 27 de mayo de 2017

La gran lección de las cosas que pasan




"Todo pasa. El alma asiste, inmóvil, al evento de las alegrías, de las tristezas y de las muertes de que se compone la vida. Ha recibido "la gran lección de las cosas que pasan". Ha necesitado mucho tiempo para reconocer en ese decorado ambiente, la línea íntima y estable de la formación interior. Ha caminado a tientas a través de todas las cosas; ha hecho de las pasiones su espejo pasajero. 
Los hombres, al querer embellecer el alma, se han creído en la obligación de adornarla con creencias y principios, lo mismo que engalanan con pedrerías y oro a los santos de sus santuarios, pero el alma sólo es bella cuando está desnuda".

M. Yourcenar


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